Mario Pérez Antolín

Mario Pérez Antolín

Fragmento de Idear lo insólito

Volver atrás

  • En esta oferta de trabajo solicitan un perfil muy distinto al mío: ellos quieren un perfecto dominio del inglés y yo solo comprendo el lenguaje de los pájaros como Sigfrido, ellos quieren un buen conocimiento de informática y yo sigo escribiendo con una pluma de ganso como Cervantes, ellos quieren alguien que se integre perfectamente en los equipos profesionales y yo me identifico más con la misantropía de Alcestes, ellos buscan un empleado ejemplar y yo les ofrezco una imaginación insubordinada.

    *

    Todos somos tiranos, los unos de los otros: del máximo jerarca al mínimo mendigo, pasando por un completo escalafón de individuos que doblegan y son doblegados. Se soporta la subordinación porque se ejerce la mortificación.

    *

    Me disgusta la nieve porque tiene la capacidad de embellecer lo terrible. Hasta un poblado de chabolas, cubierto de ella, parece una bonita estampa navideña. Recuerdo la nevada del día en que me dejaste. Te odié por esa traición, pero no tanto debido a los copos que flotaban alrededor de tu cuerpo atractivo y dañino.

    *

    Yo no mido mis palabras, por eso soy un poeta en verso libre.

    *

    Las carabelas se cruzan en el Atlántico con dos pateras. La tripulación de cubierta oye cómo los migrantes piden socorro. La ley marítima obliga a un salvamento inmediato. Nadie sabe qué hacer. No hay provisiones para todos. Seguir hacia el oeste o regresar a Palos de la Frontera supone un riesgo equiparable. Aunque pertenecen a épocas bien distintas, consiguen confraternizar durante la dura travesía que los lleva al pasado y al futuro.

    *

    El poderoso conmina con su fuerza y el débil conmueve con su desamparo. Cada cual utiliza lo que tiene.

    *

    Hay momentos del día en que las imágenes mandan. Todo se deja ver: el volumen compacto del almiar y el amarillento descaro de la colza. Hay momentos del día en que los sonidos imperan. Todo se deja oír: el golpeteo de las gotas en los tejados de pizarra y el rebuzno de los asnos inquietos. Hay momentos del día en que los aromas prevalecen. Todo se deja oler: las hogazas que guarda el panadero y la miera de los pinos inofensivos. Tan solo cuando estoy aquí, meditando, mis sentidos se apagan, durante unos minutos, como una cámara de vacío en un planeta inerte.

    *

    Uno envejece cuando va perdiendo la ilusión por las cosas pequeñas que disfrutaba a diario; cuando le da igual, por ejemplo, que le pongan la tostada sin quemar o que todos los semáforos se encuentren en verde al ir al trabajo. Poco a poco, te desprendes de estas nimiedades gozosas hasta quedar colocado justo enfrente de la única verdad importante.

    *

    Estos robles de finales de noviembre, ni verdes ni desnudos, cobrizos y en transición hacia el letargo, retienen la luz, que ya no abunda, para dosificarla cuando las lanzas de hielo perforen la madera que se niega a ser leña. Me gustan estos árboles discretos que no abusan de los colores chillones ni de las hojas grandes ni de los portes selváticos. Antes de que llegue el invierno, y toque adaptarse a la congelación inevitable, disfruto de esta última resistencia con la forma mística de una llama.

    *

    Hubo una vez que, desde aviones de guerra, tiraron al mar cuerpos jóvenes como si fueran fardos de ropa. Ni los peces quisieron alimentarse de tanta calamidad. Desde que sucedió aquello, bañarse en el mar es hacerlo en un santuario que guarda trocitos de hijos bajo velos de fitoplancton.

    *

    Un buen aforismo, como algunos peces abisales, debe lucir en lo más hondo.

    *

    Las tinieblas ya no entenebrecen ni a los deudos de la discordia. Lo luciferino apenas causa pavor a los seguidores de las series de terror. Incluso la Biblia se ha despojado de sus partes más truculentas. Y esto sucede porque, a fuerza de amplificar el mal, el mal ha perdido resonancia. Ahora su escenografía consiste en algo tan vulgar como un cargamento de heroína en el doble fondo de la benevolencia.

    *

    Y qué si soy un escritor que, como ciertas aves, anida en el suelo porque se cansó de hacerlo en las alturas. Rechazo las ideas elevadas y me conformo con un conocimiento a ras de tierra, solo apreciable por aquellos que valoran las cosechas.

    *

    El diablo hace mucho que depuso a Dios. Ese al que veneráis es en realidad un usurpador disfrazado. Su nimbo triangular esconde una cornamenta puntiaguda.

    *

    A partir de cierta edad, suplimos la falta de objetivos vitales con nuevos pasatiempos. Una vez terminadas las metas que alcanzar, nos quedan todavía, en el mejor de los casos, algunos entretenimientos que disfrutar.

    *

    ¿Qué fue de esas damas, esquivas y displicentes, de duro corazón, que se dejaban cortejar, pero que nunca correspondieron, por más poemas que recibieran de los incansables poetas clásicos? De ellas nos queda la firme altivez desdeñosa y de sus insignes enamorados, la desventurada gloria literaria.

    *

    La realidad no se deja conocer fácilmente. Nos pasa con ella como cuando agarramos a un carterista de la manga y echa a correr. Lo vemos alejarse sin la chaqueta porque esta prenda es lo único que queda de él en nuestras manos insatisfechas.

    *

    La alianza más temible es la que se establece entre las nuevas empresas tecnológicas de la información digital y los servicios secretos de los Estados. Quieren lo mismo: su opacidad junto a nuestra transparencia, su blindaje junto a nuestra penetrabilidad. ¿Y cómo se reparten el pastel? Para las que cotizan en bolsa, el beneficio económico; para los que espían a los ciudadanos, el control político.

    *

    El hueso de la oliva y la pomada entre los dedos. La pasamanería directamente sobre la piel y el yeso recubriendo cada mota de polvo. En la mezquita, los gatos husmean el calzado de los fieles. Una lámpara inmensa reproduce las constelaciones con bombillas de bajo consumo. Los susurros riman en asonante con los silencios y las suras utilizan la misma métrica que la cadencia del pulso desmayado.

    *

    Las lágrimas solo se deslizan. Como la aflicción, no son capaces de dejar surcos cuando pasan ni de hacer señales que nos ayuden a seguir sus recorridos. El llanto, a diferencia del cansancio, no marca; tiene un nacimiento repentino y una causa completamente hidráulica. Con mi lengua, he limpiado el agua bendita de tu sollozo.

    *

    No sé qué hacer con este cuadro que ocupa la pared más importante de mi dormitorio. No me parece tan malo como para tirarlo ni tan bueno como para que siga en su sitio. Espero inútilmente, noche tras noche, que se despinte por sí solo; pero soy yo el que se desdibuja, día tras día, sin remisión.

    *

    Tanto da crear una religión como abolirla. A los dioses les somos totalmente indiferentes. No se interesan por nosotros. Demasiado tienen ellos con hacerse un hueco en el universo en contra de las leyes del universo.

    *

    Pierda cuidado el que se quiera enemistar conmigo: ya solo me quedan fuerzas para el afecto.

    *

    La clarividencia visionaria de un lunático y la placidez indolora de un morfinómano: ese sería mi ideal cuando se acerque lo inevitable. Me falta algo: la velocidad hacia la nada de un relámpago.

    *

    Esta dulzura consanguínea de cereza tierna que tienen tus labios cuando besan los míos.

    *

    El problema de la digitalización vigilante consiste en que todo texto accesible para la mayoría crea a su vez un subtexto inaccesible para esa misma mayoría. Nuestros avatares van dejando un rastro en la estructura profunda de la red del que se aprovechan solo los dueños de los códigos secretos del mundo virtual.

    *

    Es relativamente fácil morir en una cama de hospital, donde los médicos prevén cualquier suceso de forma profesional y aséptica. Incluso no resulta muy difícil, supongo, decir adiós al mundo dentro de un Boeing 747 minutos antes de que se estrelle contra una ladera escabrosa. Un final heroico frente al pelotón de fusilamiento tampoco comporta excesivas complicaciones. En cambio, desintegrarse, poco a poco, soportando el roce de una vida confortable a medias cerca de personas no del todo odiosas, eso sí que supone una prueba para la que nadie debería estar preparado.

    *

    Me entrego a este gorila que tiene ojos de persona y dedos de viejo. Él sabe lo que debe hacer conmigo porque, antes que yo, sufrió la amputación de un fonema mientras masticaba cacahuetes de supermercado. Nadie le aguanta la mirada, nadie soporta su aliento de fumador de tabaco rancio. Con un traje, se parecería a mi jefe. Ese que acaba de despedir a siete empleados como el que se revienta una espinilla. Todos somos hijos de King Kong. Gracias a su enamoramiento antinatural, aprendimos a escalar rascacielos, a destruir aeroplanos y a luchar hasta la muerte por la belleza aunque no nos corresponda.

    *

    Mi patriotismo es exclusivamente lingüístico. En todo lo demás, soy tan internacionalista como las aves migratorias.

    *

    Resulta revelador comprobar qué bien funciona siempre esta dupla temática en el cine: la familia y el crimen, los lazos de sangre y la sangre derramada.

    *

    En la utopía social que proponen los tecnólogos neoconductistas solo caben dos tipos de seres humanos: maquinadores y maquinales.

    *

    Menos mal que a los poetas pobres nos quedan el sexo, la rabia y la mala caligrafía. Somos capaces de subsistir solo con desplantes a las instituciones académicas. Damos recitales por el valor de un menú turístico. Para nosotros está permitido el robo de libros en los grandes almacenes, pero se castiga, sin miramientos, cometer ese mismo delito en las librerías de viejo. Nuestra vocación verdadera consiste en adornar las putadas que la codicia hace a la sensibilidad.

    *

    Todos deberíamos plantar un árbol y protegerlo hasta que crezca aunque solo fuera para tener una rama de la que colgarnos.

    *

    Acaba de enviudar, pero sigue siendo amable. Ha perdido un hijo hace poco, y conserva aún algo de alegría. Lo despidieron con cincuenta años, y no por ello se considera un inútil. La desgracia los tiene a medio derribar sin que experimenten un aplastamiento completo. Son los mejores entre los mejores. Mientras sigan en pie, apoyándose en las muletas de una vida precaria, con el coraje de los malheridos que se afanan por no sucumbir, merecerá la pena habitar este planeta al límite de lo tolerable.

    *

    La opinión de los demás me aplasta como una contrarreforma de guijarros puntiagudos y pesados. No doy crédito a lo que digan, a pesar de que sus lenguas se enlacen a mi gaznate con tensión de ofidio gomoso.

    *

    Ese rompehielos, que hace la ruta circumpolar desde un criadero de focas a una neblina costera, choca frontalmente contra mi pecho y prepara las chalupas para que nadie acabe flotando entre los témpanos. El hueco que me deja se llenará de una cencellada tenue hasta que mi cuerpo parezca un muñeco de nieve dentro de una diminuta bola de cristal a punto de resquebrajarse.

    *

    El patio de luces siempre está en sombra. Las ratas corretean como si fueran duendecillos con rabo. Las mujeres tienden la ropa y, mientras tanto, se cuentan sus aventuras domésticas. La alegría de cada vecino queda de manifiesto por la profusión de macetas en los balcones. Cada uno es fiel a sus rutinas: el que se asoma a la misma hora para ver el cielo, la que cose junto a la ventana oyendo la radio, los que riñen utilizando las imprecaciones habituales… Dentro de un patio de luces, quien más, quien menos alguna vez ha querido romper la estrechez de las fachadas o encalar la suciedad de las miradas.

    *

    Hay personas destinadas a pasar de largo y otras, a hacerse notar. Con ninguna de ambas yo me identifico. Prefiero a las que no dan que hablar, pero lo dicen todo.

    *

    Los astros no llevan bien tantas observaciones. Su timidez no aguanta el escrutinio de los telescopios. Lo más que soportan, y a duras penas, es la mirada ambigua de los poetas, porque esa visión se nubla cuando sale del alma ciega.

    *

    Un calambrazo comunicable dentro de un ramillete de venas en desorden: algo parecido debe de ser el chute de aguanieve que produce la somnolencia oculta por las pérgolas. Nuestro subgrupo necesita la nicotina que tapona los desfiladeros de la ansiedad. Solo de esta manera, el pensativo recuperará las ganas de comer y el mentiroso trasnochará debajo de los viaductos. Mientras tanto, conformémonos con que el pastillero de los ancianos sumerja en desinfectante los días de la semana.

    *

    ¿De qué vale filosofar con palabras equivocadas? Siempre se hunden los argumentos de peso en frases sin calado.

    *

    Me consta que la vida ha de tener su parte hermosa y que la felicidad se deja atrapar por quien insiste. No doy la espalda a las bendiciones de este mundo ni reniego de la alegría cuando llega. Pero, si predispuesto a la dicha sufro tanto, qué será del que empieza en una negrura y termina en otra negrura.

    *

    Solo los amorales conservan el poder. Lo pierden los buenos y los que no saben ser buenos malos.

    *

    Ella no se fiaba de las personas: ni del drogata, que le hacía cosquillas en la nuca; ni del vigilante, que impedía su acceso a las zonas residenciales del litoral; ni siquiera de mí, que nunca le propuse que se dejara tocar. Ella era áspera y de trato difícil, pero, si necesitabas una confidente, nadie mejor para escuchar tus penas. Ella había hecho del desahogo de los demás la salvación de sí misma.

    *

    Si coincidieran nuestras fantasías sexuales, seríamos menos que amantes: seríamos un simple matrimonio.

    *

    ¿Qué habrá hecho el que nunca ha sido perseguido? Seguramente nada bueno.

    *

    Las horas muertas (como las llaman algunos) son para mí las horas más interesantes del día: en ellas sesteo mientras la música de fondo me masajea el alma, en ellas dejo la mente en blanco para que las imágenes negras no me mortifiquen, en ellas incluso consigo borrar aquellos recuerdos que interfieren con mi presente. Durante las horas muertas, muy pocos conseguimos dejar de hacer esas cosas que nos podrían deshacer.

    *

    Si dejarse de amar fuera un suceso repentino, se parecería a un seísmo implacable o a un maremoto aterrador. Pero dejarse de amar acontece de forma gradual e imperceptible, por eso más se parece al deterioro de un capitel románico o a la eutrofización de las aguas de un embalse. Nos devasta porque ya no hay nada que hacer cuando habría que hacerlo todo.

    *

    Que cante el ronco y que duerma el insomne, pues también vive el semivivo.

    *

    El que ha superado una desgracia siempre cree que la fortuna después le compensará. Vana ilusión, porque salir a flote no te hace insumergible.

    *

    Espero que sea cero el resultado de restar el dolor que me causaron y el dolor que causé.

    *

    Ponía escritor en la tarjeta de visita que me ofreció con algo de jactancia. Yo pensé: «Algunos oficios, cuando se proclaman, se esfuman».

    *

    El matrimonio domestica la fiereza del amor: hace, del animal salvaje, un animal de compañía.

    *

    Me gusta la gente banal que escribe poemas extraordinarios y los días triviales en los que suceden cosas inusitadas. Me gustan esos ojos diáfanos en una cara corriente y ese olor exquisito que sale de una flor de escasa belleza. Extrañezas así demuestran que el primor no es patrimonio exclusivo de los escogidos por los dioses.

    *

    La parodia como último recurso contra el abuso de poder. Lo que peor llevan los autócratas es que se los tome a broma: se defienden bien de los complots y mal de las carcajadas. Seguramente a Hitler le dolió más El gran dictador que la derrota de Stalingrado.

    *

    No dejan huella sus pies cuando camina por la arena ni su peso se nota cuando lo tienes encima. Nadie lo recuerda después de que se ha marchado y siempre se le olvida por más que destaque. Pasa desapercibido aunque intente llamar la atención. Ni siquiera los íntimos reparan en su ausencia si decide desaparecer antes de tiempo. Así es él: liviano como la nevisca que no llega al suelo e imperceptible como el camuflaje de los espíritus desnudos.

    *

    La locura son destellos de lucidez en una mente emborronada sobre una superficie muy fina, tan fina como el papel biblia. Me sorprendía mucho cuando mi hermano intercalaba frases intachables dentro de una perorata divagadora. Supongo que era su forma de decirme que no lo diera por perdido, que tuviera esperanza porque aún podía estar entre dos aguas: esa que lo arrastraba a la hondonada del desorden y esa que lo elevaba a la clarividencia del adivino.

    *

    Este tejado circunflejo que me separa de esta estrella circumpolar y aterida. Esta noche propicia para el infanticidio de los gatos.

    *

    Cuando está la mesa puesta, luce ordenada y pulcra. En cambio, cuando el banquete ha terminado, las manchas de vino, las migas de pan y los platos sucios muestran que el placer siempre deja sus restos inmundos.

    *

    No hay nada que me perturbe más que ver el espacio íntimo del hogar parcialmente abierto y expuesto a miradas ajenas. Considero las casas semidestruidas por los bombardeos algo cruel e impúdico. Incluso, cuando se reproduce una sala en el escenario del teatro o en el plató de la televisión, me produce un desasosiego incontrolable: visualizo a un cirujano accediendo a mi cuerpo para no perder detalle de cuanto pasa dentro de él. Menos mal que todo acaba si se derriba la casa, se cierra el telón, se apaga la tele o se sutura la herida.

    *

    Una convocatoria de aves insectívoras remueve el suelo y aplana, con su canto, la infertilidad del vapor por la mañana. A estas horas, en que la niebla no se despega de la superficie del lago, hasta el interior de las plantas secas gotea pausadamente como un grifo mal cerrado. El sol, aunque nadie lo vea, se esfuerza por eliminar este encharcamiento de moléculas resbaladizas. Que lo consiga dependerá de la presión que ejerza el cielo gris sobre la tierra parda.

    *

    ¿Qué pasará cuando las palabras rompan el orden de los diccionarios y adquieran la inestabilidad de los neutrones?

    *

    Dios es un jovenzuelo; el mundo, un recién nacido, y el hombre, un embrión. Solo la muerte peina canas.

    *

    Se puede cambiar de ideas, pero difícilmente se cambiará la manera con que se defienden. El carácter es más inamovible que los principios.

    *

    En las relaciones de pareja largas, se empieza siendo amantes y se termina, si todo va bien, como hermanos o, si todo va mal, como enemigos. El desamor siempre aparece en el tramo final, pero puede ser templado o bullente.

    *

    Vamos perdiendo con los años el sentido del ridículo. El atrevimiento necesita de la indiferencia igual que la vergüenza necesita de la importancia. El joven se arredra, salvo que sea un temerario, porque todo lo magnifica, y el viejo se lanza, salvo que sea un pusilánime, porque ya nada le afecta.

    *

    No hay nada más nocivo que el refinamiento en la maldad. La hoja del cuchillo, cuanto más fina, más penetrante.

    *

    La opulencia del hipopótamo, en el fondo lacustre, tiene la ingravidez coreográfica de la cámara lenta y de los viajes espaciales.

    *

    También en la naturaleza hay erratas, que persisten durante años sin que ningún admirador del paisaje detecte imperfección alguna cuando pasea por su sendero favorito. Es tanto el follaje o el roquedo que cuesta darse cuenta de tales deslices involuntarios. Si uno lo piensa con detenimiento, resulta normal un traspié que otro, porque, en un mundo perfecto, qué pintaríamos nosotros.

    *

    Las traiciones como estratagema en la conquista del poder y las venganzas como contraataque inevitable en su reconquista. Las ganas de conseguir aquello que ambicionas y las ganas de recuperar aquello que te quitaron. Una lucha constante entre la posesión y la desposesión.

    *

    Resulta inútil esperar dentro de nuestras tumbas la resurrección de la carne. Como mucho, llegará, si es que llega, alguna minuciosa excavación arqueológica en siglos futuros.

    *

    Ni me han exiliado, ni me han censurado, ni me han torturado, ni me han encarcelado: no puedo considerarme todavía una persona íntegra.

    *

    Panes de corteza áspera, buenos solo para matar el hambre cuando el hambre era patrimonio de los desahuciados. Con ellos se podía sofocar revueltas o impedir éxodos. Empapaban su miga en los calderos de cobre aquellos jornaleros hartos de esta tierra exhausta. De redondez solar, de sabor vivificante y de tamaño humano. Si parto alguno, me parece que rompo la miniatura de un planeta.

    *

    Dos formas de reaccionar ante el abuso de poder: está el que busca un desagravio pisando al que lo pisó y está el que busca un desahogo pisando a otro que se deje pisar.

    *

    En esta costa, los pinos no temen la salinidad del mar, por eso se acercan temerariamente hasta el mismísimo borde de los cantiles. A falta de tierra, las raíces penetran por las diaclasas en busca de cualquier pequeña gota de rocío. El viento y los desniveles tuercen los troncos de estos árboles equilibristas que desafían los precipicios con el aplomo de los sonámbulos y con la determinación de los suicidas.

    *

    El blanco del ojo tiene la misma quietud que las pistas de esquí vacías. Un parpadeo lo oculta, una mirada penetrante lo realza y un fogonazo lo nubla. Por muchas diferencias que haya entre nosotros, el blanco del ojo nos iguala. No distingue entre iris castaños, negros, azules o verdes. Solo teme que, de tanto mirar, su pureza acabe ensuciándose.

    *

    La desgana me aplasta igual que yo aplasto esta mantequilla sobre la tostada de pan integral. La única manera de levantar el ánimo es quitando el polvo a los libros ilustrados o llamando por teléfono a una exnovia que ya no se acuerde de mí. Como carezco de la motivación para hacer ambas cosas, me conformo con inhalar las medias verdades que quedan por el aire.

    *

    También las ciudades sufren crisis de identidad cuando la contaminación impide ver sus edificios singulares. Algo parecido les pasa a las playas cuando el agua se ensucia con el protector solar de los turistas. Hasta los primates del zoológico son menos primates si los visitantes insisten en alimentarlos con cacahuetes y chucherías. No digo nada de nosotros porque supongo que la indiferencia al deterioro, por más que progrese, nos singulariza. Solo así se explica, por ejemplo, que nada frene la progresiva pérdida de calidad del esperma y de la lírica.

    *

    Este minuto, lleno de segundos que chocan entre sí como electrones suicidas, es mi minuto. El tiempo que necesito para seguir con vida o despedirme de la vida.

Blog / Wikipedia

Instagram Mario Pérez Antolín Twitter Mario Pérez Antolín  

Redes sociales

Instagram Mario Pérez Antolín Twitter Mario Pérez Antolín  

Google Plus Mario Pérez Antolín Facebook Mario Pérez Antolín


Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Mario Pérez Antolín en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes