Mario Pérez Antolín

Mario Pérez Antolín

Fragmento de Profanación del poder.

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  • Hubo reyes que decidieron el día de una batalla dependiendo de lo que aconsejara el mapa del cielo, y otros, como Carlos II de Inglaterra, que consultaron al astrólogo para saber cuándo debían dirigirse al Parlamento.

    Las fases de la luna fijaban el momento en que sembrar un huerto o practicar una sangría. En el horóscopo encontraban muchos hombres escrito lo que aún tenían que vivir. Los cometas y los eclipses presagiaban múltiples calamidades según las profecías.

    Hoy las predicciones se realizan utilizando medios más sofisticados: satélites, simulaciones estadísticas, estudios de mercado y planes estratégicos que nos resultan igual de incomprensibles y herméticos. Pero no ha cambiado nuestro interés por conocer lo que nos espera y seguimos cautivos del temor a lo desconocido que, con tanta facilidad, aprovechan los adivinos para desvelarnos un futuro amañado, a cambio de poner en sus manos un presente prometedor.

     

     

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    En las actas de los interrogatorios, en tantos procesos abiertos a los sediciosos, se ha escrito el mejor pensamiento político y moral de la historia de la humanidad. Ahora comprendo las razones del disidente que prefiere la diferencia estigmatizada a la asimilación forzosa.

     

     

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    Carece de importancia el lugar al que me dirija, pues todo destino se convierte con el tiempo en una trampa. Lo relevante es saber qué me hace huir. Supongo que evitar el encuentro con las víctimas de mis excesos o con los testigos de mis fracasos.

     

     

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    Hay veces que una derrota puede tener más fuerza simbólica y más capacidad de adhesión que una victoria.

    La imposición coercitiva parece menos convincente que la mistificación del martirologio a la hora de dar testimonio y legitimar los argumentos de la identidad colectiva. Es la venganza, a título póstumo, de los perdedores.

     

     

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    ¿Cuántos hombres han muerto en el campo de batalla? ¿Cuántos en el puesto de trabajo? Éstos, seguro que no son menos que aquéllos; sin embargo carecen de monumentos a los héroes caídos.

    ¿Qué se puede esperar de una sociedad que ensalza a los guerreros y olvida a los obreros?

     

     

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    Las causas de las guerras futuras están escritas en las cláusulas de los tratados de paz presentes.

     

     

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    La liberalización agudiza los desequilibrios; la planificación, la esclerosis burocrática. Estamos abocados a elegir entre concentrar riqueza o repartir miseria. Tal vez, un cambio de paradigma organizativo que desvincule los ingresos de los costes, primando la maximización del beneficio social sobre la rentabilidad económica, sea la mejor forma de superar esta antinomia. Ahora bien, hasta que no se incluya el valor de un trino de alondra o de la noche en vela que pasa una madre junto a su hijo enfermo en el sistema de contabilidad nacional, esto será únicamente una nueva utopía.

     

     

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    Con la primera mentira acaba la infancia, con la primera nostalgia empieza la vejez.

     

     

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    El exceso de retórica demuestra escasez de argumentos. Por ello, Montaigne prefiere al arquitecto que, cuando escuchó el ampuloso y largo discurso de un colega que competía por la dirección de una obra, sólo dijo: ?Señores atenienses, lo que éste ha dicho, yo lo haré?.

    Decir más con menos, antes que timidez, es prueba de que la sabiduría no precisa de artificios, prefiere el máximo sentido en el mínimo espacio.

     

     

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    Hemos construido túneles submarinos y otros que horadan inmensas cordilleras, puentes colgantes que salvan ríos caudalosos, y aún no hemos suprimido el mayor obstáculo que separa a los hombres: la endeble barrera de los puestos fronterizos. Somos unos bárbaros sofisticados, incapaces de superar los atavismos tribales a pesar de nuestra eficacia tecnológica.

     

     

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    Un rey, por una traición, devasta una ciudad; yo tengo que conformarme con dar un golpe sobre la mesa. Las consecuencias de nuestras emociones han de ser proporcionales a la intensidad del estímulo que las causa y, sin embargo, dependen del instrumento que en ese momento podamos utilizar: un ejército o mis puños.

     

     

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    El buen gobierno obedece a una voluntad soberana, autónoma y libre de aquellos que ceden parte de su capacidad de decisión, durante un tiempo limitado, en unas condiciones de confianza mutua, para que, bien ellos mismos o sus representantes, establezcan las normas por las que han de regirse cuantos quieran pertenecer a una comunidad de iguales, desprovista de privilegios, y siempre vigilante contra cualquier injusticia o exceso de autoridad. Por supuesto, este aserto tiene una validez relativa incluso en el caso de que funcione bien, por lo que deberá ser sometido a constante revisión o derogarse si su aplicación entraña infelicidad.

     

     

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    Cuánto tenemos que aprender de las órdenes mendicantes; su único desvelo se centra en la observancia de la regla y la acumulación de limosnas. Cumplir y pedir. Por más que me esfuerzo, no hallo un comportamiento que case mejor con la polaridad dialéctica del entramado humano.

     

     

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    Abundan los filósofos que destacan por algún mérito: quién, la exactitud; quién, la lógica; quién, la intuición; quién, la armonía; quién, el sistema. Ahora bien, encontrar uno que sea capaz de renunciar a la autoría en favor de la divulgación? eso resulta tan difícil en la actualidad, como fue habitual en la antigüedad.

     

     

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    ¿Qué guardamos en la memoria? La verdad imaginada, exenta de procedimientos actuantes y repleta de referencias metafóricas. Esta constante reelaboración de vicisitudes confirma que la contemplación retrospectiva del suceso termina imponiéndose sobre el mero acontecimiento aleatorio. Cuanto hacemos o pensamos, utiliza un sustrato evocador donde la fantasía se confunde con la operación; así surge el exterminio de las entidades superfluas del inconsciente aborigen y la germinación espontánea de un semillero analógico en los confines del inconsciente civilizado.

    Nadie duda que fuéramos capaces de resolver problemas complejos de no mediar el entramado teorético antes expuesto, pero sin la gracia y la elegancia necesaria para apropiarnos del hiperuranio incógnito, esa fuente de ficciones que sólo cuando entra en contacto con la materia se convierte en objetividad desencadenante.

    Un breve repaso a la historia del arte pone de manifiesto, con un simple análisis estético-ideológico, que la puesta al día del canon, por sí misma, no garantiza la decadencia de un estilo, en beneficio de la alternativa vanguardista. Es imprescindible reconstruir desde el núcleo interpretativo los ítems que forman el ideario proteico, el cual va liberando, mediante un sistema de esclusas anímicas, el caudal de ensoñaciones lúdicas que guardamos en la memoria.

     

     

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    En realidad, uno entiende los hechos y domina las acciones cuando descubre la negatividad. Aprendes el lenguaje si sabes estar callado. La mayor aceleración sería inconcebible sin reposo. Te apropias de la imagen al cerrar los ojos. En tanto que no distingas al contrario, tendrás cortado el camino hacia la certeza.

     

     

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    ¿Merece la pena que levantes un bulto que después no serás capaz de trasladar? Entonces, ¿por qué te creas una identidad que terminará aplastándote?

     

     

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    Los genuinos subversivos, que están dispuestos a saltarse cualquier norma social y a cuestionar el orden establecido, son los amantes; por eso la consigna más incendiaria y radical de la historia sigue siendo: ?Amaos los unos a los otros?.

     

     

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    La candidez de los regímenes autoritarios consiste en delegar en agentes externos lo que puede hacer cada uno por su cuenta y de forma más eficaz, la censura; y en preferir la prohibición al reflejo condicionado, como hace su competidora, la democracia.

     

     

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    Al menos uno ha de decir la verdad al poderoso entre el cortejo de aduladores. Por lo mismo, alguien ha de mentir al menesteroso para que no lo entierre la sinceridad de los amigos.

     

     

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    Las peores catástrofes son aquellas que se propagan con parsimonia y gradualmente; su imperceptible avance hace que reaccionemos demasiado tarde. Nadie sabe en qué momento empezaron a torcerse las cosas en una época en que la inmediatez y la prisa acuciante sepultan a los narradores de la memoria.

    ¿Cómo advertir la degradación de un paisaje o el declive de una cultura en un mundo publicitario que bombardea nuestro cerebro con cientos de estímulos por minuto? Lo que no quepa en un videoclip nos resulta improcesable. Hemos encogido y acelerado la realidad hasta convertirla en una dieta de adelgazamiento para individuos hiperactivos que ven pasar su vida como un flash en la pantalla del televisor. Poco a poco nos van reduciendo la fecha de caducidad de cuanto compramos, y, de paso, la nuestra.

     

     

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    Dimos el primer paso al descomponer el todo en sus partes. Comprender el funcionamiento de cada una, nos llevó su tiempo. Al volver a unirlas nos dimos cuenta de que, como defendía la Gestalt, lo definitorio del agregado son las relaciones entre ellas. El siguiente hito consistirá en desentrañar la interacción reticular de asociaciones solapadas, extensas y jerarquizadas que rige nuestro cerebro y nuestro entorno. Cuando hayamos concluido este trabajo, estaremos en condiciones de olvidar lo aprendido y alcanzar la sabiduría.

     

     

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    Las olas de la historia hacen rodar los destinos humanos igual que los guijarros de la orilla, que se acercan y se alejan sin parar y sin moverse del sitio.

     

     

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    La devoción auténtica consiste en seguir admirando al otro después de treinta años viéndolo en zapatillas.

     

     

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    Hay dos fuerzas que empujan en sentido contrario de cuantas criaturas existen: mediante una nos multiplicamos; la propagación. Mediante la otra nos restamos; la extinción. En el punto de equilibrio se encuentra ese momento fugaz que llaman plenitud, que comienza con una desazón acuciante y termina con una lánguida decrepitud.

     

     

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    Los linajes arcaicos, supervivientes y recluidos, atesoran la imperturbable serenidad de los que dominaron y después pretenden pasar inadvertidos, sin molestar ni ser molestados. Presencias relícticas inútilmente imprescindibles que, al igual que los helechos del carbonífero, supieron enseñorearse del planeta, y ahora languidecen en un rincón húmedo.

     

     

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    La imposición del modelo colonial convenció a las élites africanas de que la única utilidad del Estado consiste en el lucro personal y el latrocinio impune. No ven otra ventaja en una superestructura burocrática que, en el justo reparto cooperativo y democrático de los bienes, demuestra menos eficacia que las redes comunitarias de base. Ningún otro continente ejemplifica mejor las consecuencias indeseadas de un injerto político fallido.

     

     

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    Somos los únicos mamíferos que después del destete seguimos bebiendo leche de ubres ajenas con la fruición de los que nunca se hartan de aquello que otros producen y no aciertan a completar su sazón. ¿No indica esto nuestra inmadurez congénita?

     

     

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    Cuesta aceptar que la mayor traición siempre obedezca al exceso de confianza que depositamos en quien desea parecérsenos. Basta con detectar al imitador para neutralizar al futuro conspirador.

     

     

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    Después de comer puso las noticias. Una columna de blindados atravesaba la frontera de su país. En el informativo de la noche comprobó que el ejército enemigo se desplegaba por la comarca; era fácil reconocer los lugares calcinados. Según el reportaje en directo, en cuestión de horas las divisiones llegarían a la ciudad (desde el aire las cámaras consiguen planos espectaculares). Subió el volumen porque el ruido de las ametralladoras no le dejaba oír la emisión y en ese preciso momento salía su calle. Cuando le dispararon pudo ver por la televisión su propia muerte.

     

     

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    Cada vez que una bala atraviesa el cuerpo de alguien y lo tumba, yo espero que se levante, que introduzca con delicadeza los dedos en el orificio de entrada, que extraiga el proyectil y que, después de taponada la herida, se acerque a su agresor y le tome el pulso para comprobar si al menos hubo remordimiento.

     

     

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    Esta diminuta plántula llegará a convertirse en un pino, siempre que no la aplaste la pezuña de una vaca, si soporta el frío de las heladas y encuentra el agua necesaria. Esta diminuta plántula dentro de treinta años lucirá como un árbol alto y vigoroso, salvo que antes el fuego la calcine o el viento la tronche. Esta diminuta plántula vencerá seguramente porque no lo pretende.

     

     

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    La superioridad coercitiva tuvo que valerse del mito como justificación prevalente durante los tiempos arcaicos. Arrumbado este ideario por la capacidad indagatoria de los inconformes, echó mano, en un primer momento, del dogma y después de la argumentación, hasta que ambos, al aflojarse sus premisas, dieron paso a una anomia generalizada del cuerpo social. Llegados a este punto, ha sido necesario sobrescribir los núcleos semánticos que permiten reiniciar los procesos vertebrales. Los nuevos scripts funcionan mediante saturación descriptiva, con lo cual a partir de ahora los fundamentos del orden impuesto, aunque carezcan de sentido, tendrán todo el sentido: permitir, con nuestro consentimiento, que engorde el Leviatán.

     

     

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    Hemos pasado de condenar herejías a diagnosticar patologías. De la teopolítica a la biopolítica.

     

     

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